Cuba: el muro y los agujeros
febrero 19, 2015
Haroldo Dilla Alfonso
HAVANA TIMES — Es indiscutible que Raúl Castro no pasará a la historia
como un político audaz e innovador. Probablemente pueda ser ubicado como
uno de los más pusilánimes que ha gobernado a Cuba.
El General/Presidente y su equipo –octogenarios y cincuentones- dicen
andar sin pausas pero sin prisas, como si tuvieran a su favor todo el
tiempo del mundo para garantizar, al menos, el vaso de leche prometido a
cada niño. Como si cada demora no tuviera un costo redoblado en toda
nuestra sociedad.
Y cada demora genera en los observadores pesimismo, decepción, molestia,
y otros muchos sentimientos negativos que confluyen en una idea usual:
no hay cambios significativos en Cuba, excepto algunas modificaciones
cosméticas.
Esa no es mi opinión. Aún reconociendo todas las veleidades de la clase
política cubana, creo que sí ha habido cambios y que algunos son muy
relevantes y positivos. Solo que a diferencia de los apologetas del
sistema –blandos, duros y semicríticos- también creo que una parte
importante de los cambios son "daños colaterales" no programados. Y otra
parte no menos significativa es el resultado de la propias incapacidades
de la élite para gobernar como lo hacía hace dos décadas.
Solo a modo de ejemplo, la reforma migratoria es un cambio relevante y
positivo. Es incompleta, no reconoce derechos ciudadanos, deja fuera de
sus consideraciones a los emigrados, etc. También es cierto que en el
corto plazo quita presión social al régimen y le incrementa ingresos.
Pero también es indudable que favorece las relaciones familiares y los
contactos de los cubanos con realidades que solo han conocido a través
de las caricaturas del Granma. La autorización de las pequeñas y
microempresas privadas –otro ejemplo- es también una acción incompleta,
pero considero vital que la sociedad conozca otras formas de propiedad,
en que el mercado distribuya valores y que un 20% de los trabajadores
cubanos ya no sean empleados públicos.
Desde mi punto de vista, lo más importante es que estas medidas –u otras
que pudieran mencionarse- apuntan al fortalecimiento de dos dones
sociales que el totalitarismo expropió a nuestra comunidad nacional: la
diversidad y la autonomía. Producto de su propia sofisticación social y
cultural, y de las nuevas situaciones creadas, la sociedad cubana
insular es hoy más variada y autónoma que nunca antes desde la segunda
mitad de los 60s. Y por esas mismas razones, y porque es un estado que
pierde capacidades de control social, hoy la sociedad cubana es más
libre que hace veinte años. No porque así lo hayan diseñado los
huéspedes del Palacio de la Revolución –criaturas antidemocráticas por
excelencia- sino porque ya no pueden hacer las cosas como las hacían antes.
Hace una docena de años, 75 opositores fueron encarcelados por muchos
años por escribir artículos oposicionistas en la prensa extranjera. Hoy,
lo siguen haciendo, e incluso tienen un periódico online en
funcionamiento. En general sus actividades en lugares privados son
toleradas, o solo molestadas tangencialmente en comparación con la
bestialidad represiva de años anteriores. Y solo se les disputa
fieramente la presencia pública, pero con menos severidad que años
atrás: detenciones exprés de pocas horas. Esto no confiere bondad al
gobierno cubano, ni habla de un estado de derecho, pero hay que
reconocer que es menos desfavorable para el desarrollo de un movimiento
contestatario.
Algo similar ocurre con el espacio que denomino de acompañamiento
crítico sistémico. Cuando la jerarquía católica desbandó a Espacio
Laical, sus principales animadores buscaron otros respaldos religiosos
para fundar Cuba Posible. Un proyecto que se propone estimular el debate
de intelectuales y activistas desde una perspectiva crítica que hace
algún tiempo hubiera merecido una fuerte respuesta oficial. Pero se le
tolera, así como la existencia de espacios menores de interpelación.
Basta comparar esto con lo sucedido en 1996 con el Centro de Estudios
sobre América o posteriormente con otros proyectos autónomos como
Habitat Cuba, para entender los cambios. Si los acompañantes críticos
hubieran dicho en el 2000 que eran oposición leal, como lo dicen hoy
siempre que pueden, se hubieran encontrado ante el amargo dilema de
convertirse efectivamente en oposición o de gastarse lo que les quedaba
de lealtad en ejercicios de genuflexión política.
El Estado cubano ya es incapaz de pedir a cada ciudadano el alma, y se
conforma con pedirle la obediencia. El régimen totalitario, que en la
época "soviética" se basó en los monopolios del estado sobre la
economía, la política y la ideología, hoy cede espacio a una dominación
menos ambiciosa, y tiene que compartir atribuciones, formalmente como
hace con la iglesia católica y el mercado, o informalmente con la
sociedad. En los lejanos 90s escuché a Jorge Domínguez decir que se
trataba de la transición desde un régimen totalitario a otro
autoritario, y me pareció exagerado. Pero Domínguez tenía razón y hoy
esa transferencia es más clara que entonces. Y lo será aún más según
avance la diversidad y la autonomía social.
Por eso considero positivos el restablecimiento de vínculos diplomáticos
con Estados Unidos, el fin del bloqueo/embargo y la normalización total
de relaciones. No porque crea que la élite cubana va a producir motu
proprio una apertura política. No lo va a hacer. Pero ese camino de
distensión y apertura conduce inevitablemente a una exacerbación de
contradicciones, a la maduración de la diversidad explícita en la
sociedad y a su autonomía. Y a incrementar aquellos espacios que la
clase política no puede controlar, o solo puede hacerlo deficitariamente.
En resumen, es cierto que los muros de la represión y la intolerancia
gubernamental siguen en pie. Sólo que agujereados, y creo que a veces
los agujeros pueden ser más importantes que el propio muro.
Source: Cuba: el muro y los agujeros - Havana Times en español -
http://www.havanatimes.org/sp/?p=103738
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