sábado, enero 28, 2017

Por qué no tenemos un Lech Walesa en Cuba

Por qué no tenemos un Lech Walesa en Cuba
Sin libertades no habrá sindicatos y sin éstos no habrá fuerza capaz de
representar los intereses de los trabajadores cubanos
MIRIAM CELAYA, La Habana | Enero 27, 2017

En días recientes tuve la ocasión de participar como invitada en un foro
celebrado en la Universidad Internacional de la Florida donde, entre
otros temas, se abordó el de los derechos laborales en Cuba y el papel
del periodismo en la defensa de esos derechos.

La propuesta, en primera instancia, no parece incongruente. La relación
entre el periodismo y los trabajadores en la lucha por el ejercicio de
los derechos laborales en Cuba tuvo sus inicios en fecha tan lejana como
la segunda mitad del siglo XIX, cuando se fundaron en la Isla los
primeros periódicos sindicales de la región – La Aurora y El Artesano –
(Castellanos, 2002), lo que evidencia tanto la importancia que
reconocían los trabajadores a la prensa como la temprana capacidad que
desarrollaron para organizarse en sindicatos.

Por otra parte, los derechos laborales de los trabajadores nacionales es
uno de los temas más recurrentes y polarizados del periodismo cubano
actual, tanto del oficial como del independiente, solo que desde dos
polos opuestos. Mientras el monopolio de prensa oficial se encarga de
las alabanzas a las supuestas garantías de los derechos laborales por
parte del Estado-Partido-Gobierno –a pesar de que el nuevo Código
Laboral no reconoce siquiera conquistas tan universales como el derecho
a huelga, la libre contratación y la libre asociación–; desde las
antípodas, la prensa independiente denuncia las constantes violaciones
de todos los derechos, incluyendo el más elemental de ellos: el de
devengar un salario digno.

Numerosos periodistas independientes han abordado el tema de los
derechos laborales. Entre ellos destacan los artículos de análisis
histórico sobre el movimiento sindical cubano, sus logros y errores,
desarrollados por el investigador Dimas Castellanos, algunos de los
cuales se citan aquí.

Sin embargo, si bien el periodismo independiente es el sector que ha
registrado un mayor y más sostenido crecimiento dentro de la sociedad
civil pro democrática cubana en la última década, no se deben
sobredimensionar su alcance y sus posibilidades reales. Mucho menos se
puede esperar que la prensa obre el milagro de transformar la sociedad
al margen de los seres humanos que la componen.

El periodismo puede apoyar y complementar las acciones de los individuos
en su lucha por el pleno ejercicio de sus derechos más legítimos, pero
no puede asumir las funciones de las instituciones que deben crear esos
mismos individuos, como tampoco es capaz de cambiar la realidad por sí
solo. De manera que, así como el discurso triunfalista de la prensa
oficial no convierte en práctica los derechos laborales que pregona como
"conquistas de la Revolución", tampoco la prensa independiente podría
funcionar como un sindicato intangible, al margen de los colectivos obreros.

Los sindicatos, como organización creada para la defensa de los
intereses de los trabajadores frente a los empleadores (Estado,
patrones, empresas), no pueden ser sustituidos ni por la prensa ni –como
ocurre en el caso cubano– por el Estado. Vale apuntar que tampoco
corresponde a los (marginales) partidos políticos de oposición arrogarse
tal misión reivindicadora, especialmente teniendo en cuenta que bajo el
castrismo los opositores no suelen tener vínculo laboral alguno ni han
logrado influir en grandes sectores de la población, menos aún en los
colectivos laborales, sean estatales o privados.

Dicho de otra manera, la reivindicación de los derechos laborales
corresponde en primerísimo lugar a los trabajadores en el seno de sus
colectivos, en tanto sujetos con capacidad para organizarse espontánea y
autónomamente en defensa de sus intereses como grupo, desarrollando un
fuerte movimiento sindical capaz de hacer frente a los poderes que
coartan esos derechos. Es la premisa esencial para que la prensa –en
este caso la independiente– pueda amplificar, multiplicándolo, el efecto
de las demandas laborales de los trabajadores o para que la oposición se
apoye en los movimientos sindicales.

Tan significativa resulta la base social trabajadora para movilizar los
cambios que un prominente líder sindical que cuente con su apoyo podría
llegar a convertirse en líder político, como es el acreditado caso de
Lech Walesa, o de los conocidos líderes sindicales de las izquierdas
latinoamericanas, Lula Da Silva y Evo Morales, quienes eventualmente
alcanzaron la presidencia de sus respectivos países. Pero no ocurre a la
inversa: los líderes políticos no suelen transformarse en líderes
sindicales.

De hecho, el poderoso sindicato Solidaridad, con su eficacia para
derrocar el gobierno títere de Moscú en Polonia y dar al traste con el
llamado "socialismo real" en ese país, es referencia obligada cuando se
habla de la vía que debía seguir la transición cubana: una gran
organización obrera con un fuerte liderazgo, capaz de enfrentar y
doblegar al Poder.

Lamentablemente, dicha experiencia no es posible en Cuba, donde no
existen colectivos de trabajo suficientemente fuertes ni organizados de
manera autónoma en puestos clave de la economía, donde los empleos
relativamente mejor remunerados están en manos de empresas mixtas de
capital extranjero y del empresariado vernáculo de la casta militar
dominante, y donde, por añadidura, nunca ha existido el profundo
sentimiento nacional y cívico que caracteriza a los polacos.

Esto conduce directamente al tema de la histórica fragilidad de la
sociedad civil en Cuba, demolida por completo, especialmente en los
últimos 60 años tras la llegada al poder del castrismo, y secuestrada
por los líderes de la Revolución para ponerla a su servicio,
subordinándola a la ideología del PCC.

La política oficial de manipular como instrumentos del
Estado-Partido-Gobierno las diferentes organizaciones sociales –que
antes de 1959 eran autónomas y autofinanciadas– anuló la posibilidad de
la existencia de un verdadero sindicalismo en Cuba, cuya dependencia de
la voluntad política del Gobierno se evidencia meridianamente en tanto
las diferentes convocatorias a los plenos y congresos "obreros" parten
del Buró Político del PCC y no del seno de las supuestas organizaciones
sindicales, y las leyes y "derechos" de los trabajadores se estipulan
también desde el Poder político.

Pero, aunque la manipulación política sobre el sindicalismo cubano se
tornó absoluta tras el "triunfo revolucionario", ya antes de 1959 las
alianzas de algunos líderes sindicales con partidos políticos habían
socavado fuertemente el movimiento sindical, restándole autonomía,
carcomiendo sus bases y fragmentándolo en sus estructuras.

Así lo resume Castellanos en uno de sus textos sobre el tema: "la
subordinación de las asociaciones sindicales a los partidos políticos,
que comenzó en 1925, se agudizó en la década del 40 con la pugna entre
auténticos y comunistas por el control del movimiento obrero, y en 1952,
cuando Eusebio Mujal, entonces Secretario General del movimiento obrero,
después de ordenar la huelga general contra el golpe de Estado de ese
año terminó aceptando una oferta de Fulgencio Batista a cambio de
conservar los derechos adquiridos por la CTC". (Castellanos, 2013)

La muerte del sindicalismo cubano quedó sellada en 1959, cuando la CTC
fue disuelta y sustituida por la (CTC-R). Ese año tuvo lugar el X
Congreso de la organización obrera, y durante su intervención el
Secretario General, David Salvador Manso, expresó que "los trabajadores
no habían ido al Congreso a plantear demandas económicas sino a apoyar a
la Revolución". Ya en el XI Congreso, celebrado en noviembre de 1961, se
consagró la pérdida de autonomía del sindicalismo, cuando los delegados
renunciaron a casi todas las conquistas históricas del movimiento
obrero: los 9 días de licencia por enfermedad, el bono suplementario de
navidad, la jornada semanal de 44 horas, el derecho de huelga y al
incremento del 9,09%, entre otros. La CTC se convirtió, de hecho, en un
mecanismo de control de los trabajadores por el Gobierno. (Ibidem)

Solo resta añadir que así se ha mantenido hasta la actualidad, con la
agravante de que el régimen autocrático cubano ha logrado el
reconocimiento positivo de todos los organismos internacionales
encargados de velar por el cumplimiento de los derechos laborales, lo
que multiplica la indefensión de los trabajadores de la Isla.

De hecho, lejos de mejorar el panorama, la explotación de los
trabajadores cubanos se ha diversificado y consolidado desde que
irrumpieron en la Isla las empresas de capital extranjero –que
sub-emplean a los nacionales a través de contratos firmados con el
Estado– y con el alquiler de profesionales, especialmente de
trabajadores de la salud, que se envían al extranjero en virtud de
proyectos de colaboración con los aliados políticos del castrismo.

El ascenso de Raúl Castro al frente del Gobierno, como sucesor de su
hermano, el llamado líder histórico de la Revolución, abrió un breve
período de expectativas, alentadas por un discurso de atavíos
reformistas seguido de un conjunto de medidas tendientes a flexibilizar
el centralismo extremo de la economía al interior de Cuba.

Dichas medidas permitieron el surgimiento de pequeños sectores de
emprendedores privados, agrupados bajo el nombre genérico de
"trabajadores por cuenta propia", que si bien han tenido que enfrentar
un sinnúmero de limitaciones –como la alta carga impositiva, el acoso de
inspectores corruptos, la ausencia de mercados mayoristas para proveer
sus negocios, entre otras–, también constituyeron en sus inicios una
oportunidad de animar espacios autónomos que, eventualmente, podrían
abonar el camino para el surgimiento de agrupaciones de trabajadores
organizados en defensa de sus intereses con independencia del Estado.

Sin embargo, los trabajadores privados fueron rápidamente absorbidos por
los funcionarios políticos del Gobierno que dirigen la central única de
trabajadores cubanos, y aceptaron mansamente la "sindicalización"
oficial que representa los intereses del patrón: la cúpula del Poder.

De esta manera, aunque desde 2008 Cuba es signataria de los Pactos de
Derechos Económicos, Sociales y Culturales –que reconocen entre otros el
derecho al trabajo y a la elección de empleo–, así como de los Pactos de
Derechos Civiles y Políticos –en cuyo texto se incluyen las libertades
de prensa, de expresión, de asociación y de reunión, premisas
imprescindibles también para la existencia de sindicalismo–, no existen
verdaderas organizaciones sindicales en el país, ni espacios de libertad
que las hagan posibles. El Gobierno de la Isla no ha ratificado las
firmas de dichos Pactos, y los funcionarios de la Organización de
Naciones Unidas encargados de velar por el acatamiento de sus
contenidos, suelen mostrarse extremadamente complacientes con las
autoridades cubanas.

Un largo camino recorrido y otro, mayor aún, por recorrer

Pese a las históricas insuficiencias de la sociedad civil cubana, lo
cierto es que los movimientos obreros en demanda de derechos laborales
comenzaron relativamente temprano en la Isla. La fuerza alcanzada por
los trabajadores durante el período republicano, organizados y agrupados
en sindicatos, determinó transformaciones políticas tan importantes como
la salida de Gerardo Machado del poder tras una poderosa huelga obrera
que paralizó el país.

Durante el mismo período la negociación colectiva fue otro método de
lucha que dotó a los sindicatos de la capacidad de influir en la
promulgación de leyes a partir de demandas obreras. Los políticos
reconocían en las masas trabajadoras una fibra social tan poderosa que
los gobiernos de Grau San Martí, Carlos Mendieta y Federico Laredo Bru
impulsaron una legislación laboral que incluía derechos como la jornada
de ocho horas, derecho a huelgas, vacaciones retribuidas, licencia por
maternidad, derecho de negociación colectiva, entre otros (Decretos 276
y 798 de abril de 1938). (Castellanos, 2002)

Más tarde, la Constitución de 1940 reconoció legalmente los resultados
de las luchas sindicales de los años anteriores, al dedicar 27 artículos
del Título VI a los derechos colectivos e individuales de los
trabajadores. Entre estos se incluían desde el salario mínimo hasta las
pensiones por causa de muerte. Paradójicamente, tras la llegada al poder
por parte del Gobierno "de los humildes, con los humildes y para los
humildes", no solo los sindicatos fueron desaparecidos de un plumazo y
absorbidos por la nueva dictadura de un supuesto "proletariado" militar,
sino que la Constitución de 1976, en su Capítulo VI redujo a seis
artículos mínimos los derechos laborales, omitiendo casi la totalidad de
las conquistas del movimiento sindical de las etapas anteriores que
habían sido refrendadas en las Constituciones de 1901 y 1940.

En la actualidad, la situación sociopolítica y económica cubana es
sumamente compleja. No solamente porque se ha entronizado una crisis
económica permanente, se ha producido una ola de despidos y ningún
salario resulta suficiente siquiera para adquirir los alimentos básicos,
sino porque no se vislumbran dentro del país los actores sociales
capaces de revertir ese escenario.

Algunos intentos de sindicatos independientes han sido propuestos desde
la oposición. Sin embargo, tales propuestas no han podido avanzar, no
solo por la represión que se ejerce contra cualquier manifestación de
disidencia dentro de la Isla, sino porque esas alternativas carecen de
bases sociales y de apoyo real. De hecho, al estar marginados por el
sistema, los opositores cubanos no suelen tener vínculo laboral alguno,
por tanto no tienen la menor posibilidad de representar a los
trabajadores de la Isla.

La emigración constante de cubanos, fundamentalmente en edad laboral, es
otro factor que coadyuva al debilitamiento de las fuerzas trabajadoras,
una realidad que es resultado del propio sistema pero cuya solución ya
ha quedado fuera del alcance de un Gobierno al que cualquier cambio
profundo le costaría perder el poder.

Hasta el momento actual, no parece que se vaya a romper en el corto
plazo el círculo vicioso que mantiene a los trabajadores cubanos, y a
toda la sociedad, en el mayor inmovilismo. El camino de la recuperación
será extenso y tortuoso, y solo se iniciará cuando desaparezca el poder
omnímodo que ha secuestrado a la nación por casi 60 años. Porque sin
libertades no habrá sindicatos y sin éstos no habrá fuerza alguna capaz
de representar legítimamente los intereses de esa especie en extinción
que alguna vez se llamó "trabajadores cubanos".

Source: Por qué no tenemos un Lech Walesa en Cuba -
http://www.14ymedio.com/nacional/Periodismo-derechos-laborales_0_2153184661.html

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