viernes, marzo 19, 2010

Dejar morir: la consigna del Estado cubano.

Dejar morir: la consigna del Estado cubano.
Viernes 19 de Marzo de 2010 19:24 Jorge Camacho

En su novela Generales y Doctores (1920) Carlos Loveira cuenta la
historia de la fundación de la república cubana tomando como hilo
conductor la vida de los médicos que participaron en la guerra de 1895.

Ser doctor y sacar una nota sobresaliente en un examen físico en una
oficina de reclutamiento de New York, dice Loveira, era todo lo que
necesitaba el futuro insurrecto para poder partir en el primer buque
expedicionario hacia la isla. La razón para aquella discriminación era
sencilla: había demasiados hombres dispuestos a morir en los campos de
Cuba, y lo que hacía falta eran galenos y hombres sanos.

Fueron estos doctores sin embargo, los que una vez que se hicieron con
el poder llenaron el país, como afirma Loveira, con todo tipo de
corruptelas morales. No habían salvado la república, sino que la habían
envenenado con su nepotismo, sus intereses particulares, la corrupción
administrativa y proyectos eugenésicos.

No obstante, ha sido la revolución de 1959 la que ha usado con más
frecuencia los discursos médicos y a los doctores para justificar sus
políticas represivas y su propia permanencia en el poder.

Por esta razón, si Loveira pensaba que la primera república había sido
secuestrada por generales y doctores, la revolución que nació de ella en
1959 lo habría horrorizado, ya que con el pretexto de curar, sanear y
prevenir los males del país, entronizó su política de desprecio por la
vida humana, que llegó a tener su mejores frutos en las sesiones de
electroshocks para disidentes políticos en el hospital de psiquiatría
Mazorra y los reclusorios para enfermos de SIDA en la finca Cocos.

Recordemos que, en ambos casos, eran militares quienes controlaban a
aquellos enfermos, y quienes los humillaban por su condición de
indeseables, homosexuales y escorias. Eran ellos los que regimentaban
sus vidas y les imponían, sin buscar ningún tipo de consentimiento, la
lógica perversa de la política.

Esa lógica es la misma que ha enviado a miles de doctores cubanos a
misiones internacionalistas en África y Oceanía, que ha impulsado la
"diplomacia de la medicina" en países como Venezuela y Bolivia, y que no
hace más que demostrar el rol de esta rama al servicio de los planes del
Estado, en su función de forjar alianzas y tomar el código hipocrático
como pretexto para justificar los fines del poder. ¿Podemos esperar
algo diferente entonces del gobierno cuando se trata de la muerte de
otro disidente?

Salud sin derechos

En respuesta a las críticas por dejar morir a Orlando Zapata Tamayo de
hambre y sed, el régimen ha recurrido al viejo ardid de la medicina, y
para ello ha hecho desfilar a sus facultativos ante las cámaras.

No es que la muerte haya sido prevenible, es que científicamente era
inevitable, dicen estos galenos. Porque no son las ideas, ni la vida, lo
que les interesa en el fondo a los políticos. Lo que les interesa es
solamente justificarse, hallar un doctor que testifique la verdad de los
hechos ante las cámaras, y muestre una y otra vez la enorme benevolencia
del Estado.

Esta es la razón por la que casi cinco minutos de los nueve que dura el
video Campaña mediática contra Cuba, están dedicados a dar una
explicación científica de la muerte de Zapata.

Cinco médicos, con sus títulos y puesto de trabajo al pie de la
pantalla, hablan de Zapata como un enfermo. Algunos de estos doctores al
parecer fueron los que lo trataron cuando vivía, otros no se sabe cómo
llegaron a él. No obstante, todos son doctores, y todos, sin excepción,
responden al Estado. Gimel Sosa Martín, del Hospital Nacional de
Internos; Jesús Barreto Penie, Master en Nutrición Clínica; la
licenciada María Esther Hernández, del Departamento de Sicología del
MININT de Camaguey; y Daile Burgos, intensivista del Hospital Nacional
de Internos.

Estos médicos son quienes representan al Estado, y por tanto son los
únicos autorizados a aportar las pruebas necesarias para eximir al
régimen de toda culpa. Son ellos quienes diseccionan el cuerpo de Zapata
y al hacerlo lo deshumanizan, despojándolo de toda intención de vida.

Pero esto es algo que el régimen hace constantemente. Reduce la salud de
individuo al cuerpo y a su condición somática. El respeto por la vida
incluye también las ideas de cada quien, el derecho de cada individuo a
seguir su propio camino y a disfrutar de su derecho inalienable a la
libertad. Sin estos derechos no hay salud posible. Por esto no puede
hablarse de un cuerpo sano que al mismo tiempo es despojado de sus
derechos físicos, espirituales y psicológicos. Por esta razón, la
doctrina comunista de la "salud gratis y humana para todos" es falsa.
Ella misma revela los límites que les impone la ideología y el poder a
los cuerpos indóciles de sus ciudadanos, quienes son mantenidos con vida
mientras repiten lo que dice el gobierno. Una vez que se niegan a hablar
como ellos, a pensar como piensan ellos, ya no son más cuerpos con vida,
ni la merecen, ni es necesario prolongársela por ningún medio.

Ese discurso perverso, que no tiene otro objetivo que lavarse las manos
ante la muerte de otro disidente, es el que se repite ahora con motivo
de la huelga de Guillermo Fariñas, pues, como dice Alberto Núñez
Betancourt en Granma, "si hoy está vivo, hay que decirlo, es gracias a
la atención médica calificada que ha recibido sin importar su condición
de mercenario". Es decir, después de todo, y a pesar de lo que significa
el huelguista para el Estado, el Poder omnímodo sigue siendo caritativo
y lo provee con todos los medios para que siga viviendo.

¿Por qué entonces no le creemos?

Sencillamente porque sabemos que lo que menos le importa al Estado es la
vida de otro disidente. Que por la misma razón no les importaban las
torturas psicológicas que recibieron los presos en Mazorra, ni los que
murieron de SIDA sin salir de los Cocos. Ellos son una vez más los
desechables, la escoria y los que nadie quiere en un gobierno
autoritario. Esos son a los que dejan morir.

http://www.diariodecuba.net/opinion/58-opinion/798-dejar-morir-la-consigna-del-estado-cubano.html

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