martes, noviembre 08, 2016

La rebelión de la mayoría silente y olvidada

La rebelión de la mayoría silente y olvidada
El día de las elecciones puede dar muchas sorpresas
Martes, noviembre 8, 2016 | Julio M. Shiling

MIAMI, Estados Unidos.- El ensayo democrático más exitoso en la historia
está experimentando un ajuste paradigmático reclamado por los que están
abajo. El setenta y cinco por ciento del electorado norteamericano que
ha expresado su sentir en las primarias, a través de este proceso de
selección presidencial en los EE.UU., ha alzado su voz contra el estatus
quo. Ese ha sido el sector de la población votante estadounidense que ha
visto en Donald Trump y Bernie Sanders las vías más aceptables para
canalizar no sólo un descontento popular profundo, sino proponer ajustes
y cambios de cursos a la política practicada. El cliché de estar contra
"lo establecido" tiene una sustentación que es honda pero no insondable.

El denominador común aquí no es partidista, ni ideológico
necesariamente. Trump y Sanders, pese a que este segundo sí posee un
bagaje ideológico emocional, eran portadores de mensajes que tienen
resonancia porque tienen validez. Ni Trump ni Sanders gozan del encanto
de políticos dotados (buena oratoria, carismáticos, etc.) La razón por
la cual eso ha demostrado ser irrelevante en esta campaña es atribuible
al hecho de que la sociedad norteamericana les sigue por el mensaje que
han estado proponiendo. Esto no ha tenido nada que ver con sus
personalidades o cómo se proyecta estilísticamente. Por consecuencia,
sus seguidores han sido muy condescendientes con ellos, porque lo que
les interesa es el mensaje que emanan y la misión comprometedora de
accionar esa visión y no quién lo está articulando.

¿Qué es lo que a ese votante norteamericano le choca e inquieta y qué
quiere cambiar o sustituir? Hay un sector significante de la población
estadounidense que considera que las reglas del juego están amañadas en
su contra. Lo peor es que políticos profesionales vienen ya, desde hace
tiempo, vendiéndoles espejismos que no se materializan. Hillary Clinton
tipifica, emblemáticamente, ese político profesional que ha hecho una
carrera de seducir a los pobres y las minorías, mientras simultáneamente
se ha enriquecido crasamente, promoviendo políticas que favorecen a los
intereses especiales y privilegiando a la clase económica de la élite y
los pocos. Esta renovación ciudadana popular confronta a la clase
política tradicional que ha sido incapaz de remediar los problemas que a
la mayoría les inflige.

Podemos identificar algunos fenómenos que han sido parte de la causa de
los efectos indeseados que ha tenido resonancia en las expresiones de
descontento popular. La llamada globalización que en las últimas décadas
se viene expresando en una división de labor internacional, donde se
cambian bienes, servicios y capital, y se sellan con acuerdos o
entendimientos que se perciben ser "libres" y se vendieron como motores
de producción democrática y riqueza para todos, es uno de los factores
que merita examen. Los resultados de este orden económico global, no se
ha producido como sus promotores pronosticaron.

Dictaduras se han beneficiado colosalmente con la globalización, tal
como se ha estado practicando sin ética democrática o apego a derechos
universales. China y Vietnam son ejemplos de esto. La transferencia de
riqueza hacia China, el país con el partido comunista más grande en el
planeta y en el poder, ha sido sin precedente y sin moral. El precio de
este experimento y el resultante "modelo chino", desprendido de lo
político y lo ético, habría que condenarlo por el precio que, de la
clase media para abajo, se ha estado (y se está) pagando en los EE.UU.
Más de 7 200 000 empleos de manufactura han desaparecido desde 1979. El
ingreso promedio del núcleo familiar, sin títulos universitarios, en ese
mismo periodo hasta la fecha, ha descendido casi un 28% (ajustado para
la inflación). De cada cinco personas que perdió un trabajo de
manufactura, tres se relocalizaron en otro que pagaba un sueldo
inferior. Curiosamente, a pesar de que la productividad del obrero
estadounidense se ha alzado un 80% desde 1973, su compensación medida
como pago por hora, ha subido sólo un 11%. Aún cuando se toma en cuenta
el abaratamiento de bienes y artículos de consumo que la globalización
ha traído, las cifras no apuntan a una elevación en el estándar de vida
de la clase media, la pobre o la obrera en general.

Los que tienen un título universitario y la clase alta empresarial, sin
duda se han beneficiado del globalismo. Hay que tomar en cuenta, sin
embargo, que el 63% de la fuerza laboral actual estadounidense no posee
un título de formación académica superior. Aunque la China comunista no
es la culpable singular de este problema que Trump señala, éste ofrece
alternativas que buscan remediar percibidas injusticias. La clase
trabajadora norteamericana cree que sí lo puede hacer y concuerda con
ese mensaje y proyecto.

Hillary Clinton es parte de la clase política que, en adición de ser un
defensor arduo de los acuerdos y las facilitaciones políticas diseñadas
para que estos intercambios comerciales y estructurales se puedan llevar
a cabo, como primera dama, senadora y ministra de Estado, tiene un
récord visible e innegable de responder a los intereses económicos,
corporativos y financieros de Wall Street —que se han beneficiado
desproporcionalmente de estas políticas— y de ser retribuida
monetariamente con generosidad.

El multiculturalismo y la "corrección política" (o lo políticamente
correcto) representan otro rechazo de esa mayoría poblacional invisible
en los EE UU. Esta programación que intenta impactar la cultura, el
lenguaje y los conceptos políticos y éticos es un retoño de la hegemonía
cultural que formuló el marxista italiano Antonio Gramsci. Esta
estrategia busca definir falsamente una proyección de la realidad que
sus promotores quieren que la sociedad perciba. La idea es penetrar las
instituciones democráticas y subvertir el orden desde adentro.

Equiparar culturas que respetan derechos fundamentales y promueven la
práctica de la pluralidad, la libertad y la democracia, con otras que
abrazan el genocidio, el infanticidio, el despotismo, la esclavitud u
otras prácticas aborrecibles, medido desde un prisma ético, es un error
y siembra la semilla de la autodestrucción. Los norteamericanos están
hartos de la manipulación cultural por la élite que obedece a los
intereses especiales. No es casualidad que Trump es un antipolítico
correcto y Hillary, casualmente, una admiradora práctica, medular e
histórica de Saul Alinsky, el discípulo estadounidense de Gramsci.

El islamismo radical y cómo lidiar con su amenaza es otro foco que
distancia a los candidatos para la presidencia estadounidense
enormemente. La sociedad norteamericana podrá tener diferencias en
cuanto a cómo derrotar, estratégicamente hablando, el yihadismo
islámico. Sin embargo, existe un criterio mayoritario más unísono en
cuanto a la idea de permitir la entrada de refugiados y de una
inmigración musulmana abierta, que las autoridades competentes en los
EE.UU. han insistido que ellos no pueden distinguir entre refugiado
genuino y terrorista disfrazado. Europa y el yihad silente (y no tan
silente), que los jeques islámicos están financiando, es un presente que
los estadounidenses no pierden de vista.

La candidata Clinton ha cometido perjurio, obstrucción de justicia,
tráfico de influencia, uso ilegal de una institución sin fines de lucro,
abuso de poder y negligencia en el mismo. Esto es un hecho, pese a lo
que diga un FBI que está totalmente politizado y en el bolsillo del
actual mandatario, Barack Obama. Si fuera a ganar —ni que Dios lo
quiera— su presidencia enfrentaría audiencias especiales,
investigaciones independientes, juicios políticos o imputaciones
criminales. La evidencia en su contra es demasiado obvia. Hillary y su
esposo Bill Clinton han formado una maquinaria de enriquecimiento
personal como ninguna otra vista en la historia norteamericana. La
destrucción de más de 33 000 correos electrónicos y el uso de un
servidor privado y múltiples mecanismos electrónicos para esquivar el
escrutinio público es una actividad completamente ilícita y ha puesto
vidas e inteligencia estadounidense en grave peligro. Todo para que el
pueblo norteamericano no sepa de sus actividades económicas y políticas
ilícitas.

Son muchas las razones por la cual Donald Trump representa la voluntad
popular de un sector de la población considerable que no encuentra, en
la clase política actual, ni la receptividad, ni la voluntad para
enfrentar y aliviar los problemas. El día de las elecciones puede dar
muchas sorpresas. Algo sí se puede decir ahora mismo: ¡Trump ha ganado
ya! Se ha enfrentado a la maquinaria cuasi mafiosa de los Clinton, a
Obama, a Michelle, a Hollywood, a Wall Street, a la élite cultural, a
los intereses creados, a las dictaduras del siglo XXI, a los Castro, a
Irán, a los empresarios más poderosos del mundo y a los medios de
difusión que han actuado en colusión con la actual administración de
Obama y los Clinton, para proteger a Hillary, desactivando su
capacitación investigativa. Todo esto lo ha logrado sin contar con una
estructura política formal, ni siquiera un apoyo sustancial de su propio
partido. Sólo él y el pueblo. Trump, el mensajero exitoso de la voluntad
de la mayoría silente, le dio vida y cuerpo al mensaje de una renovación
ciudadana popular. Esa revolución no se va a detener.

Source: La rebelión de la mayoría silente y olvidada | Cubanet -
https://www.cubanet.org/opiniones/la-rebelion-de-la-mayoria-silente-y-olvidada/

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